Hace días que
quería contribuir al debate que propone http://bit.ly/SiGvz3
sobre si es compatible o no ser nacionalista y de izquierdas. No pretendo que nadie rectifique ni cambie su
posición, pero tal vez mi contribución al debate introduzca algunas dudas que
den qué pensar a quien piensa diferente. Con esto me conformo.
En primer lugar,
es importante que se vea también como nacionalista la posición de los que se
oponen a la idea de la independencia de pueblos, la mayoría de cuyos ciudadanos
se sienten como nación y aspiran a unas instituciones propias donde poder
ejercer un nivel de autogobierno o de soberanía. Los medios abusan al limitar
el uso de “nacionalismo” únicamente a los segundos, pero en la mayoría de los
casos el nacionalismo se ejerce desde los Estados, poniendo todos sus
instrumentos y poder al servicio de una idea nacional(ista). Pero este
reconocimiento que valoro pierde su fuerza cuando se equiparan unos y otros
bajo la etiqueta única de “nacionalismo”. Obviamente, no puede valorarse de
igual manera a un nacionalismo que impone sus valores y cultura a otros pueblos
con otra cultura, por la fuerza, que aquel otro que intenta resistir esta
imposición por la vía democràtica o con la rebeldía. O sin ir a un caso tan extremo, el
nacionalismo de Estado que valida y consolida lo “establecido” comparado con el
que pretende “reinventar” las instituciones y cambiar lo establecido. La
generalización corre el riesgo de perder la matización, y “el diablo está en
los detalles”.
A este nivel
general, ¿los procesos de descolonización no eran nunca de izquierdas? Obviamente,
hay muchos casos en que la lucha contra la metrópoli iba unida a una aspiración
socialista. Otra cosa es como evolucionaron aquellos regímenes. ¿Se puede ser
de derechas y no nacionalista? Yo conozco unos cuantos liberales que solo se
identifican con el mercado, y que su única aspiración cultural es la moda
(normalmente, la anglosajona) y el “triunfo” como valor social supremo. La gente de su
tierra la ven como provinciana y “atrasada”. Por no hablar del “nacionalismo”
de muchos que en cuanto pueden evaden su capital a paraísos fiscales para no
pagar impuestos.
Hay suficiente
experiencia de personas que evolucionan desde un no-nacionalismo, hacia un
anti-nacionalismo (de esos pueblos sin estado propio) y acaban instalándose en
un nacionalismo de estado. Basta nombrar a Rosa Díez, Fernando Savater o Albert
Boadella, pero el fenómeno es mucho más amplio y viejo desde Alejandro Lerroux,
por lo menos. Hasta el punto que algunos cuestionen que se pueda ser
no-nacionalista, dado que todo el mundo tiene una(s) identidad(es) [aquello con
lo que se identifica] desde el punto de vista de su cultura, su lengua, su “gente”.
Como con la consciencia de clase, la identidad nacional se vive como “natural”,
no necesariamente es consciente, pero actúa continuamente, en la manera de
pensar, de relacionarse, de vivir.
Sí, la identidad
nacionalista supone establecer una barrera (“frontera”) que define un nosotros
y un(os) otro(s). Pero esto no es solo atribuible al nacionalismo, lo es a
cualquier proceso de identificación con un grupo (Suiza/Etiopía; izquierda/derecha;
Real Madrid/Barça; pijos/progres, etc.). Las características del grupo a menudo
se exageran para marcar distancias (lo mismo hacen los individuos, para definir
su personalidad). Pero hablar de fronteras, en un mundo globalizado como el
actual, no es como hacerlo en los siglos XIX y XX (por no ir más lejos). En
Europa, estos nacionalismos sin estado propio se reivindican como europeístas,
y el proceso de integración continental supone una relativización de las
fronteras (en el sentido de barreras a la libre circulación). Dentro de la UE
las fronteras delimitan el ámbito de actuación de las instituciones
democráticas, y en este sentido también hay fronteras interiores a los estados
(municipios, provincias, comunidades autónomas) en la medida en que hay
instituciones (democráticas!) con un ámbito territorial definido. Como se
reparten las competencias entre estos niveles (y entre la representación democrática
y los actores no gubernamentales) es el meollo de la gobernanza democrática
multinivel (http://bit.ly/VplCk9).
Los
Estados-Nación que nacieron en el XIX para unificar mercados e “inventar”
identidades comunes, parecen responder mal a este nuevo escenario de
globalización y, no solo en España, tienden, por una parte a traspasar
soberanía al nivel supraestatal (en ámbitos fuertemente globalizados, como por
ejemplo el medio ambiente), y por la otra a descentralizar competencias para
obtener mejor eficacia con la proximidad a los ciudadanos y el ámbito local,
donde se desarrolla la mayor parte de la vida social.
Por otra parte,
diversos estudios señalan cómo, en este nuevo escenario, los estados pequeños (integrados
en otras estructuras mayores de ámbito continental) resultan más eficaces para
gestionar las políticas públicas y satisfacer las necesidades de los ciudadanos,
particularmente las políticas de bienestar.
Que aquellos
pueblos, que se sienten minoritarios en el conjunto de un Estado con identidad
nacional diversa, quieran redistribuir el poder de las instituciones –para poder
ejercer los mandatos democráticos conforme a esta identidad diferenciada-, debería
entenderse en este contexto. Tanto el nacionalismo vasco como el catalán han
probado durante años usar sus votos minoritarios en el parlamento para influir
en la política del Estado. Esta vía ha demostrado sus limitaciones, por lo que
ahora se exploran otras configuraciones. La construcción europea y sus tratados
han reforzado el Consejo Europeo, donde están representados los Estados
Miembros, con las transferencias de soberanía de los últimos años. Barroso hablaba recientemente de una “federación
de estados-nación” (http://bit.ly/Vpmh5h). Si se tiene algo que decir en el
ámbito europeo, hay que ser estado, éste parece ser el mensaje. Habría otras
configuraciones posibles, reforzando el papel del Parlamento y una Presidencia
por elección directa, pero por el momento parecen lejos de ser realizables.
La solidaridad.
Evidentemente, un valor de izquierda. Pero la solidaridad, en el contexto
actual, en el que también hay una política europea de cohesion territorial, no
es un valor absoluto. En primer lugar, la solidaridad funciona cuando hay un
cierto nivel de reciprocidad. Las transferencias fiscales de Cataluña hacia
otras regiones españolas ha sido una constante desde la reinstauración de la
democracia, pero existe la sensación muy generalizada que esta solidaridad no
tiene retorno, por ejemplo, en el reconocimiento de las reivindicaciones
catalanas (como, por ejemplo, la lengua) y en demasiadas ocasiones las personas
de izquierda españolas han callado (insolidariamente) ante los ataques del
nacionalismo español (catalanofobia, http://bit.ly/VpmyoT), cuando no han sido directamente
sectores de la izquierda los que han dirigido estos ataques (Guerra, Leguina,
Anguita o Rodríguez Ibarra).
Otra cuestión
importante es si se deben establecer límites a la solidaridad. La mayoría de
los sistemas federales lo hacen. El 4% del PIB regional se suele reconocer como
un techo más allá del cual, el concepto de solidaridad pierde su significado
positivo y deviene contraproducente. Cataluña ha estado aportando a otras
regiones españolas una media del 8% de su PIB regional de manera constante en
los últimos 30 años. El problema es que quien acaba pagando la insuficiencia de
financiación de los servicios públicos (sanidad, educación) que se gestionan
desde La Generalitat son precisamente aquellos con menores recursos económicos.
Es el famoso ejemplo de los ordenadores o de las listas de espera. La paradoja
de cómo se ha ejercido la solidaridad en España en los últimos años es que la
clase media de algunas comunidades con menores PIB regionales han tenido acceso
a servicios públicos a los que no pueden acceder de igual manera las clases
populares de las regiones que han generado estos recursos. Lo mismo ocurre con
el famoso tema de los peajes. O con las inversiones en otras infraestructuras.
Cualquiera que
conozca la realidad de la sociedad catalana no puede negar que en la
solidaridad voluntaria (no la que impone el Estado vía impuestos, sino la espontánea
de ciudadanos voluntariamente miembros de organizaciones de la sociedad civil)
los ciudadanos de Cataluña están por encima de la media, ya sea en
organizaciones de derechos humanos, cooperación internacional, movimientos
vecinales o organizaciones sindicales. Es absolutamente incorrecto afirmar que
la sociedad catalana es insolidaria.
La lengua. Es
importante cuando en tu propia tierra no puedes utilizar tu lengua materna (http://bit.ly/VpnlGa).
La cosa viene de lejos, pero los ciudadanos han sufrido demasiadas experiencias
que acumuladas producen indignación (http://bit.ly/Vpn7Ps). Los
catalanohablantes en su práctica totalidad somos bilingües, un caso de bilingüismo
casi perfecto, como pocos se dan en otras partes del mundo (no es el caso ni de
Suiza, ni de Bélgica ni de tantos otros países con varias lenguas, donde es la
sociedad la que es bilingüe, pero no todos los ciudadanos, y los que lo son no
con el equilibrio que tienen las dos lenguas en la mayoría de los que tienen
como lengua materna el catalán). Desde la época de Franco, ha habido un amplio
consenso en los partidos catalanes en que la sociedad no debía dividirse por la
cuestión de la lengua, y que ambas eran un patrimonio importante de Cataluña.
Por eso el modelo educativo catalán estableció como objetivo generar la
competencia lingüística en ambas lenguas, en la educación obligatoria, para
todos los alumnos. La sociolingüística explica que en estas situaciones hay que
conferir un trato especial a la lengua más débil (la que tiene mayor riesgo de desaparición,
y es claro que en este caso es el catalán) por lo que la inmersión lingüística
utiliza como lengua vehicular al catalán. En alumnos castellanohablantes, si la
escuela utiliza el castellano como lengua vehicular, y el catalán solo como
asignatura, las probabilidades de generar este bilingüismo equilibrado son
remotas (como demuestra el modelo valenciano y el balear). En cambio, la
experiencia de estos años demuestra que no solo las últimas generaciones
adquieren un buen nivel de catalán, sino que los resultados en castellano son
equiparables a los que se obtienen (por ejemplo en las PAU) en otras regiones monolingües.
La manipulación que el nacionalismo español ha hecho de los derechos de los
castellanohablantes, la supuesta persecución y trato nazi es motivo de profunda
indignación, no solo entre los catalanohablantes sino en la inmensa mayoría
de los que tienen el castellano como lengua materna, pero que se sienten
integrados en la sociedad catalana.
La lingüística
también explica la relación entre la estructura de la lengua y la cultura, la
manera de pensar y “narrar” la realidad. Relativizar este hecho, en aras a la
pluralidad de la sociedad, es un abuso del argumento. La pluralidad de la
sociedad catalana es incuestionable (basta ver la representación en partidos
políticos del parlamento catalán comparado con el bipartidismo de hecho en
otros territorios). Pero la lengua es un elemento que une a la mayoría. “Españolizar”
a los alumnos catalanes es la última expresión de este nacionalismo español
excluyente, pero la caverna mediática de la capital ha venido provocando
conflicto desde años. Que muchos se sientan “desafectados” con “España” (léase,
con el nacionalismo español, no necesariamente con los españoles) tiene mucho
que ver con este nacionalismo que recuerda demasiado al que ejerció el
franquismo (http://bit.ly/Vpoca0).
Y por último, la
pregunta ¿en qué se diferencia un madrileño...? Supongo que no se puede dar una
respuesta a este nivel individual, pero sí en el de las instituciones que han
de gestionar las políticas públicas. Cuanto más próximas (y la lengua aquí
tiene un elemento fundamental, pero ni de lejos es el único) mejor entenderán
los problemas y las aspiraciones de los ciudadanos y mejor responderán con sus
políticas. Negar la importancia de la cultura, sus referentes, su poder de
comunicación no ayuda a la mayor democratización de la política a la que
debería aspirar cualquiera que se reconozca de izquierda. Cualquier persona que
haya vivido en grupos con diversas culturas y lenguas habrá reconocido
numerosos ámbitos donde se producen malentendidos, desencuentros, diversas
maneras de entender los valores, las maneras de hacer, las relaciones humanas. Pero
también tienen muchísimas cosas en común, como seres humanos, y esto debería
siempre tenerse en cuenta como limitación al nacionalismo. El nacionalismo no
tiene porqué discriminar a nadie, puede ser internacionalista y solidario. Pero
negar a pueblos enteros a que su proyecto de futuro incluya la permanencia de
su diversidad cultural es tal dañino como reducir la biodiversidad para la
continuidad de la vida en el planeta. Perder esta diversidad sería un gran
error.