dimecres, 24 d’octubre del 2012

Izquierda y Nacionalismo


Hace días que quería contribuir al debate que propone http://bit.ly/SiGvz3 sobre si es compatible o no ser nacionalista y de izquierdas.  No pretendo que nadie rectifique ni cambie su posición, pero tal vez mi contribución al debate introduzca algunas dudas que den qué pensar a quien piensa diferente. Con esto me conformo.
En primer lugar, es importante que se vea también como nacionalista la posición de los que se oponen a la idea de la independencia de pueblos, la mayoría de cuyos ciudadanos se sienten como nación y aspiran a unas instituciones propias donde poder ejercer un nivel de autogobierno o de soberanía. Los medios abusan al limitar el uso de “nacionalismo” únicamente a los segundos, pero en la mayoría de los casos el nacionalismo se ejerce desde los Estados, poniendo todos sus instrumentos y poder al servicio de una idea nacional(ista). Pero este reconocimiento que valoro pierde su fuerza cuando se equiparan unos y otros bajo la etiqueta única de “nacionalismo”. Obviamente, no puede valorarse de igual manera a un nacionalismo que impone sus valores y cultura a otros pueblos con otra cultura, por la fuerza, que aquel otro que intenta resistir esta imposición por la vía democràtica o con la rebeldía.  O sin ir a un caso tan extremo, el nacionalismo de Estado que valida y consolida lo “establecido” comparado con el que pretende “reinventar” las instituciones y cambiar lo establecido. La generalización corre el riesgo de perder la matización, y “el diablo está en los detalles”.
A este nivel general, ¿los procesos de descolonización no eran nunca de izquierdas? Obviamente, hay muchos casos en que la lucha contra la metrópoli iba unida a una aspiración socialista. Otra cosa es como evolucionaron aquellos regímenes. ¿Se puede ser de derechas y no nacionalista? Yo conozco unos cuantos liberales que solo se identifican con el mercado, y que su única aspiración cultural es la moda (normalmente, la anglosajona) y el “triunfo”  como valor social supremo. La gente de su tierra la ven como provinciana y “atrasada”. Por no hablar del “nacionalismo” de muchos que en cuanto pueden evaden su capital a paraísos fiscales para no pagar impuestos.
Hay suficiente experiencia de personas que evolucionan desde un no-nacionalismo, hacia un anti-nacionalismo (de esos pueblos sin estado propio) y acaban instalándose en un nacionalismo de estado. Basta nombrar a Rosa Díez, Fernando Savater o Albert Boadella, pero el fenómeno es mucho más amplio y viejo desde Alejandro Lerroux, por lo menos. Hasta el punto que algunos cuestionen que se pueda ser no-nacionalista, dado que todo el mundo tiene una(s) identidad(es) [aquello con lo que se identifica] desde el punto de vista de su cultura, su lengua, su “gente”. Como con la consciencia de clase, la identidad nacional se vive como “natural”, no necesariamente es consciente, pero actúa continuamente, en la manera de pensar, de relacionarse, de vivir.
Sí, la identidad nacionalista supone establecer una barrera (“frontera”) que define un nosotros y un(os) otro(s). Pero esto no es solo atribuible al nacionalismo, lo es a cualquier proceso de identificación con un grupo (Suiza/Etiopía; izquierda/derecha; Real Madrid/Barça; pijos/progres, etc.). Las características del grupo a menudo se exageran para marcar distancias (lo mismo hacen los individuos, para definir su personalidad). Pero hablar de fronteras, en un mundo globalizado como el actual, no es como hacerlo en los siglos XIX y XX (por no ir más lejos). En Europa, estos nacionalismos sin estado propio se reivindican como europeístas, y el proceso de integración continental supone una relativización de las fronteras (en el sentido de barreras a la libre circulación). Dentro de la UE las fronteras delimitan el ámbito de actuación de las instituciones democráticas, y en este sentido también hay fronteras interiores a los estados (municipios, provincias, comunidades autónomas) en la medida en que hay instituciones (democráticas!) con un ámbito territorial definido. Como se reparten las competencias entre estos niveles (y entre la representación democrática y los actores no gubernamentales) es el meollo de la gobernanza democrática multinivel (http://bit.ly/VplCk9).
Los Estados-Nación que nacieron en el XIX para unificar mercados e “inventar” identidades comunes, parecen responder mal a este nuevo escenario de globalización y, no solo en España, tienden, por una parte a traspasar soberanía al nivel supraestatal (en ámbitos fuertemente globalizados, como por ejemplo el medio ambiente), y por la otra a descentralizar competencias para obtener mejor eficacia con la proximidad a los ciudadanos y el ámbito local, donde se desarrolla la mayor parte de la vida social.
Por otra parte, diversos estudios señalan cómo, en este nuevo escenario, los estados pequeños (integrados en otras estructuras mayores de ámbito continental) resultan más eficaces para gestionar las políticas públicas y satisfacer las necesidades de los ciudadanos, particularmente las políticas de bienestar.
Que aquellos pueblos, que se sienten minoritarios en el conjunto de un Estado con identidad nacional diversa, quieran redistribuir el poder de las instituciones –para poder ejercer los mandatos democráticos conforme a esta identidad diferenciada-, debería entenderse en este contexto. Tanto el nacionalismo vasco como el catalán han probado durante años usar sus votos minoritarios en el parlamento para influir en la política del Estado. Esta vía ha demostrado sus limitaciones, por lo que ahora se exploran otras configuraciones. La construcción europea y sus tratados han reforzado el Consejo Europeo, donde están representados los Estados Miembros, con las transferencias de soberanía de los últimos años.  Barroso hablaba recientemente de una “federación de estados-nación” (http://bit.ly/Vpmh5h). Si se tiene algo que decir en el ámbito europeo, hay que ser estado, éste parece ser el mensaje. Habría otras configuraciones posibles, reforzando el papel del Parlamento y una Presidencia por elección directa, pero por el momento parecen lejos de ser realizables.
La solidaridad. Evidentemente, un valor de izquierda. Pero la solidaridad, en el contexto actual, en el que también hay una política europea de cohesion territorial, no es un valor absoluto. En primer lugar, la solidaridad funciona cuando hay un cierto nivel de reciprocidad. Las transferencias fiscales de Cataluña hacia otras regiones españolas ha sido una constante desde la reinstauración de la democracia, pero existe la sensación muy generalizada que esta solidaridad no tiene retorno, por ejemplo, en el reconocimiento de las reivindicaciones catalanas (como, por ejemplo, la lengua) y en demasiadas ocasiones las personas de izquierda españolas han callado (insolidariamente) ante los ataques del nacionalismo español (catalanofobia, http://bit.ly/VpmyoT), cuando no han sido directamente sectores de la izquierda los que han dirigido estos ataques (Guerra, Leguina, Anguita o Rodríguez Ibarra).
Otra cuestión importante es si se deben establecer límites a la solidaridad. La mayoría de los sistemas federales lo hacen. El 4% del PIB regional se suele reconocer como un techo más allá del cual, el concepto de solidaridad pierde su significado positivo y deviene contraproducente. Cataluña ha estado aportando a otras regiones españolas una media del 8% de su PIB regional de manera constante en los últimos 30 años. El problema es que quien acaba pagando la insuficiencia de financiación de los servicios públicos (sanidad, educación) que se gestionan desde La Generalitat son precisamente aquellos con menores recursos económicos. Es el famoso ejemplo de los ordenadores o de las listas de espera. La paradoja de cómo se ha ejercido la solidaridad en España en los últimos años es que la clase media de algunas comunidades con menores PIB regionales han tenido acceso a servicios públicos a los que no pueden acceder de igual manera las clases populares de las regiones que han generado estos recursos. Lo mismo ocurre con el famoso tema de los peajes. O con las inversiones en otras infraestructuras.
Cualquiera que conozca la realidad de la sociedad catalana no puede negar que en la solidaridad voluntaria (no la que impone el Estado vía impuestos, sino la espontánea de ciudadanos voluntariamente miembros de organizaciones de la sociedad civil) los ciudadanos de Cataluña están por encima de la media, ya sea en organizaciones de derechos humanos, cooperación internacional, movimientos vecinales o organizaciones sindicales. Es absolutamente incorrecto afirmar que la sociedad catalana es insolidaria.
La lengua. Es importante cuando en tu propia tierra no puedes utilizar tu lengua materna (http://bit.ly/VpnlGa). La cosa viene de lejos, pero los ciudadanos han sufrido demasiadas experiencias que acumuladas producen indignación (http://bit.ly/Vpn7Ps). Los catalanohablantes en su práctica totalidad somos bilingües, un caso de bilingüismo casi perfecto, como pocos se dan en otras partes del mundo (no es el caso ni de Suiza, ni de Bélgica ni de tantos otros países con varias lenguas, donde es la sociedad la que es bilingüe, pero no todos los ciudadanos, y los que lo son no con el equilibrio que tienen las dos lenguas en la mayoría de los que tienen como lengua materna el catalán). Desde la época de Franco, ha habido un amplio consenso en los partidos catalanes en que la sociedad no debía dividirse por la cuestión de la lengua, y que ambas eran un patrimonio importante de Cataluña. Por eso el modelo educativo catalán estableció como objetivo generar la competencia lingüística en ambas lenguas, en la educación obligatoria, para todos los alumnos. La sociolingüística explica que en estas situaciones hay que conferir un trato especial a la lengua más débil (la que tiene mayor riesgo de desaparición, y es claro que en este caso es el catalán) por lo que la inmersión lingüística utiliza como lengua vehicular al catalán. En alumnos castellanohablantes, si la escuela utiliza el castellano como lengua vehicular, y el catalán solo como asignatura, las probabilidades de generar este bilingüismo equilibrado son remotas (como demuestra el modelo valenciano y el balear). En cambio, la experiencia de estos años demuestra que no solo las últimas generaciones adquieren un buen nivel de catalán, sino que los resultados en castellano son equiparables a los que se obtienen (por ejemplo en las PAU) en otras regiones monolingües. La manipulación que el nacionalismo español ha hecho de los derechos de los castellanohablantes, la supuesta persecución y trato nazi es motivo de profunda indignación, no solo entre los catalanohablantes sino en la inmensa mayoría de los que tienen el castellano como lengua materna, pero que se sienten integrados en la sociedad catalana.
La lingüística también explica la relación entre la estructura de la lengua y la cultura, la manera de pensar y “narrar” la realidad. Relativizar este hecho, en aras a la pluralidad de la sociedad, es un abuso del argumento. La pluralidad de la sociedad catalana es incuestionable (basta ver la representación en partidos políticos del parlamento catalán comparado con el bipartidismo de hecho en otros territorios). Pero la lengua es un elemento que une a la mayoría. “Españolizar” a los alumnos catalanes es la última expresión de este nacionalismo español excluyente, pero la caverna mediática de la capital ha venido provocando conflicto desde años. Que muchos se sientan “desafectados” con “España” (léase, con el nacionalismo español, no necesariamente con los españoles) tiene mucho que ver con este nacionalismo que recuerda demasiado al que ejerció el franquismo (http://bit.ly/Vpoca0).
Y por último, la pregunta ¿en qué se diferencia un madrileño...? Supongo que no se puede dar una respuesta a este nivel individual, pero sí en el de las instituciones que han de gestionar las políticas públicas. Cuanto más próximas (y la lengua aquí tiene un elemento fundamental, pero ni de lejos es el único) mejor entenderán los problemas y las aspiraciones de los ciudadanos y mejor responderán con sus políticas. Negar la importancia de la cultura, sus referentes, su poder de comunicación no ayuda a la mayor democratización de la política a la que debería aspirar cualquiera que se reconozca de izquierda. Cualquier persona que haya vivido en grupos con diversas culturas y lenguas habrá reconocido numerosos ámbitos donde se producen malentendidos, desencuentros, diversas maneras de entender los valores, las maneras de hacer, las relaciones humanas. Pero también tienen muchísimas cosas en común, como seres humanos, y esto debería siempre tenerse en cuenta como limitación al nacionalismo. El nacionalismo no tiene porqué discriminar a nadie, puede ser internacionalista y solidario. Pero negar a pueblos enteros a que su proyecto de futuro incluya la permanencia de su diversidad cultural es tal dañino como reducir la biodiversidad para la continuidad de la vida en el planeta. Perder esta diversidad sería un gran error.